Hay una idea que se repite casi como una sentencia cuando alguien decide migrar:
“Vas a extrañar”.
Como si la nostalgia fuera un requisito obligatorio. Como si no sentirla fuera una falla emocional, una señal de frialdad o, peor aún, de ingratitud.
Pero la realidad es más compleja.
Y mucho más honesta.
Hay personas que migran y no extrañan su país. No porque odien su origen, no porque renieguen de su historia, sino porque cerraron una etapa con claridad. Y cuando un ciclo se cierra de verdad, no duele. Se integra.
No todo el que se va está huyendo
Durante años, la migración se ha contado casi exclusivamente desde la herida: la necesidad económica, la inseguridad, la falta de oportunidades, el “no me quedó otra”. Y esa narrativa es real para muchos. Pero no es la única.
También migran personas que:
• no estaban rotas,
• no estaban desesperadas,
• no estaban escapando.
Migran porque crecieron. Porque su identidad ya no cabía en el lugar donde estaban. Porque entendieron que avanzar no siempre implica perder, a veces implica elegirse.
A eso, en Cafecito con Cata, lo llamamos migrar por individuación.
Cuando la nostalgia no aparece
Hay migrantes que no sienten el tirón constante de “volver”.
No idealizan.
No comparan todo con su país de origen.
No sienten culpa por haber construido una vida distinta.
Y eso suele desconcertar a los demás.
Empiezan las preguntas incómodas:
— ¿Cómo que no extrañas?
— ¿Ni siquiera la comida?
— ¿Y tu gente?
Como si el amor por lo vivido solo pudiera demostrarse quedándose anclado al pasado.
La verdad es que no extrañar muchas veces no tiene que ver con frialdad, sino con pertenencia nueva. Cuando logras construir vínculos, rutinas, propósito y sentido en otro lugar, el cerebro deja de vivir en comparación constante. Ya no estás dividido entre “antes” y “ahora”. Estás completo en el presente.
La culpa silenciosa de “estar bien”
Curiosamente, uno de los sentimientos menos hablados del migrante no es la tristeza, sino la culpa por estar bien.
Culpa por:
• no querer volver,
• no sufrir como otros esperaban,
• no necesitar reconciliarse con el pasado.
Esa culpa suele aparecer porque el entorno sigue esperando de ti una narrativa de sacrificio permanente. Pero crecer también es entender que no le debes dolor a nadie para justificar tus decisiones.
Cerrar un ciclo no invalida lo vivido. Lo honra desde la coherencia.
Identidad: lo que realmente cambia cuando migras
Migrar no solo cambia el lugar donde vives. Cambia la forma en la que te ves, te nombras y te proyectas. Hay versiones de nosotros que solo existen en ciertos contextos. Y cuando esos contextos ya no están, insistir en sostener esa identidad se vuelve artificial.
Por eso, volver muchas veces no suma. No porque el lugar sea malo, sino porque tú ya no eres la misma persona. No necesitas validar tu decisión, ni demostrar nada, ni buscar pertenencia donde ya la construiste de otra manera.
Eso no es rechazo.
Es madurez identitaria.
El punto que casi nadie dice
Cerrar emocionalmente un ciclo es poderoso.
Pero no siempre viene acompañado de orden en las decisiones prácticas.
Muchos migrantes logran estabilidad personal, claridad interna y una vida que sí disfrutan… pero siguen tomando decisiones financieras, laborales o de negocio desde la improvisación. Como si su mente ya hubiera avanzado, pero su estructura todavía estuviera en transición.
Y ahí aparece el desgaste silencioso:
• trabajar mucho sin sentir avance,
• ganar dinero sin claridad,
• sostener todo desde el esfuerzo personal.
No porque falte capacidad.
Sino porque falta orden.
Raíces nuevas, sin culpa
Construir una vida en otro país no tiene una sola forma correcta. No todos tienen que extrañar, ni todos tienen que quedarse, ni todos tienen que volver.
Lo importante es que tus decisiones —emocionales, personales y estratégicas— estén alineadas con la etapa de vida en la que realmente estás, no con la expectativa de otros.
Cuando migras desde la conciencia y no desde el miedo, lo que construyes tiene más posibilidad de sostenerse en el tiempo.
Y eso, al final, es lo que buscamos:
no solo movernos de país, sino avanzar con sentido.